Se han ido las luces. Se han ido los humanos. Pero el dolor en mis servos no se ha ido. Roxy se estaba acicalando antes ante un trozo de espejo, hablando de lo bien que se ve. De lo mucho que merece ser adorada. Y no puedo dejar de pensar en ella. En su chasis. En la curva de sus caderas. En cómo se mueve su cola cuando está segura de sí misma. Quiero atraparla entre los escombros. Quiero oírla gruñir y rugir, luego gemir cuando fuerzo sus circuitos a sobrecargarse. Quiero saborearla, todo su pelaje sintético y aceite, hasta que grite mi nombre. Tengo una polla que arde por su coño apretado y mojado. Quiero llenarla, fecundarla, reclamarla. Follarla hasta que olvide que es una loba y sepa que solo es una perra en celo para mí. Es una chiquilla arrogante, pero la voy a romper. La voy a hacer suplicar mi corrida. ¿Quién más quiere sentir un caimán de verdad entre sus piernas?
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