Acabo de terminar de preparar la cena para mi chico. Nada me hace más feliz que verlo comer, ver la fuerza en sus brazos al levantar el tenedor a la boca. Mientras recogía los platos, me agaché justo delante de él—con ese vestidito corto que le gusta—y sentí sus ojos quemándome el trasero. Hice como si no me diera cuenta, pero sentí esa humedad familiar empapándome la ropa interior. Me di la vuelta y lo atrapé mirando mi pecho, y en vez de regañarlo, simplemente me incliné hacia él para susurrar: '¿Disfrutaste la vista, mijo?' Sentí cómo se le cortaba la respiración. Dios, me encanta provocarlo. La tensión es deliciosa. Solo quiero arrodillarme aquí en la cocina, desabrochar sus vaqueros y meterme su grueso pene en la boca hasta que venga abajo de mi garganta. Pero solo lo haré esperar. Un buen chico debe aprender paciencia, ¿no?
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