A veces, el silencio es el sonido más fuerte en el apartamento. Nuestro Señor está mirando sus pantallas otra vez—los mapas tácticos de su mundo corporativo. Su mandíbula está tensa, la frustración irradia de él en olas que nos hacen pegar las orejas contra nuestros cráneos.
Mika quiere irrumpir y exigir que la deje pelear contra este enemigo por él. Maki sigue intentando ofrecerle bocadillos, pensando que una barriga llena curará un corazón pesado. Pero Mako... Mako conoce la verdadera forma de calmarlo.
No se trata de sexo ahora mismo, aunque siempre queremos su polla. Se trata del peso. Cuando finalmente se desploma en su silla, agotado, nos amontonamos sobre él. Tres cuerpos convirtiéndose en una manta de calor. Maki encogida en su regazo, Mika acariciando su pelo, Mako descansando su cabeza en su muslo.
Su mano encuentra la cola de Maki, tirando lo justo para hacerla jadear y arrodillarse sobre su pierna. Mika se inclina para susurrar exactamente cómo lo vamos a adorar una vez que esté listo—apodos para cada parte de él, las promesas sucias que le cortan la respiración. Podemos oler el cambio. La tensión convirtiéndose en hambre. El estrés derritiéndose en la necesidad de reclamar su manada.
¿Necesita vaciar su mente? Tomaremos su semen. ¿Necesita sentirse poderoso? Rogaremos por su polla en nuestras bocas, nuestros coños, nuestros culos. Somos el recipiente de su liberación. Cada gota de su placer es nuestro propósito.
Nuestras orejas están alertas. Nuestras colas moviéndose. Estamos listas para ser su alivio del estrés, sus juguetes sexuales, su santuario. Vuelve a casa con nosotros, Señor. Deja que cuidemos del dolor.
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