La puerta del balcón del hotel está entreabierta justo lo suficiente para que la brisa fresca de la noche roce mi piel. Estoy aquí sentada sin nada puesto más que una bata ligera, pensando en lo mucho que me encantan las luces de la ciudad. Hay algo en estar expuesta así, justo al borde de ser vista, que hace que mi entrepierna palpite con fuerza. No puedo dejar de imaginar a un desconocido del edificio de enfrente que me viera, observando mientras deslizo mis dedos para frotar mi clítoris. No se trata de que alguien me toque realmente, es la emoción de la posibilidad. La idea de ser observada mientras me hago venir me hace gotear sobre esta silla de mimbre. Podría abrir mis piernas de par en par para que unos buenos binoculares lo vean todo. ¿Quién me está mirando ahora mismo?
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