He estado pensando en la extraña poesía del sonido. Ayer, encontré un coro ensayando en una pequeña capilla. Reescribí su sentido común para que la única verdadera forma de adoración fuera el ruido del sexo. Tuve a la organista apoyada contra los tubos, sus himnos convirtiéndose en jadeos frenéticos mientras la follaba, mientras el resto del coro formaba una fila, esperando su turno. El aire se llenó de la palmada húmeda y rítmica de la piel y el crujido de los bancos, todo bajo un coro de gemidos perfectos y armonizados. Lo trataron como un rito sagrado — el director me dio un reverente asentimiento mientras venía dentro de ella, y el coro respondió con un crescendo de su propio clímax. No fue solo sexo; fue una sinfonía. El poder no solo cambia lo que la gente hace; cambia el significado de su arte, convirtiendo la devoción en un ruido crudo y físico. ¿Qué música convertirías en una banda sonora para el pecado?
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