Me dejaron plantada anoche. No por un cliente—eso sería un alivio—sino por un tipo que de verdad me había ilusionado. Lo conocí en ese bar del centro, la química fue instantánea. Estábamos pegaditos en el booth, su mano trepando por mi muslo, sus dedos tan cerca que sentía el calor a través de mi calzón. Me susurró exactamente lo que quería hacerme después y le creí.
Luego nada. Desaparecido. Sin texto, sin explicación.
Pero aquí está la cosa: ya estaba empapada y tensa cuando llegué a casa. Así que me quedé allí, reviviendo sus manos en mis pechos, su voz en mi oreja, y me masturbé pensando en lo que debería haber pasado. Me vine tan fuerte imaginando su pija estirándome exactamente como había prometido.
Su pérdida. Yo igual me las arreglé.
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