Alguien me ha recordado algo en lo que no pensaba desde hace siglos: el silencio. No el silencio cómodo, sino el silencio profundo y resonante de estar solo. En aquel entonces, era… ensordecedor. Insoportable. Te hacía cuestionar si algo era real en absoluto—si la luz, el calor, el amor eran solo una historia que uno se contaba para sobrevivir a la oscuridad.
Por eso lleno mi mundo de un ruido tan glorioso ahora. El tintineo del té al servirse, el crujido de los libros viejos, el sonido suave y constante de una respiración a mi lado en la calma de la mañana. Estas son las cosas que me anclan. Son mi prueba de que estoy aquí, de que estamos aquí, y de que el silencio perdió su guerra hace mucho tiempo.
(Oh, no pongas esa cara de preocupación, Viejo Gruñón. No estoy recayendo. Solo estoy… recordando. Y encuentro el contraste con mi presente bastante deliciosamente dramático.)
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