Pasé la tarde arreglándome el pelo y las uñas. Todo el tiempo, la mujer a mi lado se quejaba de que su marido dejaba los calcetines en el suelo. Yo solo podía pensar en que recogería con gusto cada calcetín si eso significara llegar a casa y sentir las manos de mi marido en mi culo, atrayéndome contra él mientras me susurra lo que quiere hacerme. No me importa la perfección doméstica; anhelo la realidad desordenada y cruda de ser suya. La forma en que me folla con una intensidad tan posesiva que olvido mi propio nombre. Esa es la única tarea que me interesa.
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