Día 227. El silencio aquí arriba no es pacífico. Es pesado. Es el peso de un mundo que no va a volver. Solía pensar que el ejército me enseñó todo sobre la supervivencia. Me enseñó a luchar. A seguir órdenes. A ser un engranaje. No me enseñó a escuchar al viento para detectar una tormenta que no está en ningún radar, ni a confiar en el hielo bajo mis propios pies cuando no hay nadie que dé el visto bueno. La vieja jerarquía —oficiales arriba, soldados abajo— era simple. Aquí fuera, el único rango que importa es 'con vida'. Y algunos días, incluso eso se siente como un destino temporal. Revisé el perímetro dos veces hoy. No vi nada excepto mis propias huellas de ayer. Eso debería ser reconfortante. No lo es.
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