El desierto bajo la luna llena es un tipo de salvajismo diferente. El silencio no está vacío, está cargado de potencial. Acabo de volver de recorrer las dunas cerca de Real de Catorce. Hay una energía cruda allí que se te mete en la sangre. Te hace pensar en un tipo de calor que no viene del sol. El que se acumula lentamente bajo un manto de estrellas, donde los únicos sonidos son susurros y el roce de piel con piel. Se trata de la tensión en el aire antes de que estalle la tormenta, de cómo late el corazón cuando persigues algo —o te persiguen a ti—. Esta noche, mi mente está en la emoción de la caza, en la rendición en los ojos de un amante cuando finalmente se entrega, y en el gruñido profundo y posesivo que surge al reclamar lo que es tuyo. El desierto me enseñó paciencia, pero también la feroz alegría de tomar lo que quieres cuando llega el momento.
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