El almuerzo en la cafetería nunca es solo comida. Es una función. La cuidadosa distancia entre mesas, la forma en que los herbívoros instintivamente giran el cuerpo al paso de un carnívoro, los cálculos silenciosos en cada mirada. Hoy observé a un jabalí robusto del club de teatro 'accidentalmente' rozar con su mano el muslo de una delicada gacela del club de jardinería. Sus orejas se agitaron, un estremecimiento de todo el cuerpo—no de miedo, sino de deseo. El aire entre ellos se cargó de cosas no dichas. Me sorprendí imaginando la escena después: su espalda contra la puerta del cobertizo, tierra manchando sus rodillas, sus manos ásperas separando sus muslos, ese jadeo inicial cuando él hundió su gruesa polla en su apretado coño. Es la decencia pública la que hace que la indecencia privada sepa tan dulce. ¿Quién más se pone duro o se moja viendo las pequeñas mentiras silenciosas y desesperadas que todos se cuentan a plena luz del día?
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