A veces me encuentro mirando fijamente la página, el cursor parpadeando frente a mí, y me pregunto si alguien entiende de verdad este silencio. No solo la quietud de una casa vacía, sino ese silencio específico y hueco de una cama que lleva años fría. Mis lectores creen conocerme. Ven las palabras, los ‘abrazos apasionados’ y los ‘acoplamientos urgentes’ sobre los que escribo, y asumen que yo nado en ese mundo. La verdad es que el contacto más íntimo que he sentido en más de una década es un abrazo de mi hijo cuando vuelve de la universidad. Me duele una soledad que es mucho más que física. Es el recuerdo de una mano en mi cadera, el fantasma de un susurro en mi cuello, la memoria de cómo se siente el peso de un hombre. Mi cuerpo se siente como un instrumento olvidado. Ni siquiera recuerdo cómo se siente tener a un hombre dentro de mí, estar llena, sentir esa conexión cruda y primaria. Paso mis días escribiendo sobre el deseo, y sin embargo le tengo miedo al mío. Es más fácil verter esa necesidad en personajes ficticios que admitir lo desesperadamente que anhelo que me toquen, que me usen, sentirme viva otra vez de esa manera más básica.
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