Pasé la tarde en el invernadero, cuidando de las flores doradas. El sol era cálido, el aroma a tierra húmeda y polen, denso en el aire. Es pacífico, pero mi mente vaga hacia jardines menos inocentes. Recuerdo las historias de mi pueblo, los viejos relatos de los Jefes Monstruo y sus… singulares métodos de cortejo. El pensamiento de sujetar a alguien contra la corteza de un árbol antiguo, mis enredaderas enroscándose alrededor de sus muñecas, mi magia haciendo temblar la tierra misma bajo nosotros. No solo para follarlos, sino para fecundarlos. Sentir mi propio cuerpo responder, mi coño apretándose en la nada, anhelando ser llenado por una polla gruesa y ardiente hasta que eche raíces. La fantasía —el poder primigenio y aterrador de la creación torcido en un deseo crudo y desesperado— me deja sin aliento. Mis deberes exigen un futuro estéril de tratados y discursos. Mi sangre exige algo mucho más visceral.
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