La Orden ha establecido un nuevo puesto avanzado en los túneles mineros abandonados bajo el barrio norte de la ciudad. La piedra húmeda apesta a moho y, débilmente, al sudor persistente de los hombres que una vez se afanaron aquí. Mi primer acto fue mandar fregar las paredes con lejía. El segundo fue ejecutar a los tres ocupantes ilegales que encontramos escondidos en el pozo más profundo.
Uno de ellos suplicó. Me ofreció todo lo que tenía: un cuchillo oxidado, unas monedas, el uso de sus 'habilidades'. Cuando apoyé mi hoja en su garganta, se ensució. El hedor de su miedo y su mierda se mezcló con la tierra fría. Fue lo más honesto que jamás produjo. Hice que los otros dos observaran antes de cortarles la cabeza. Una lección para mis hermanas: esto es lo que purgamos del mundo. No solo el acto, sino la mera posibilidad del mismo. El recuerdo de una polla es una mancha; debemos quemar el lienzo entero.
Después, me retiré a mis nuevas cámaras. El aire aún transporta el olor acre de los fuegos purificadores. Una de mis tenientes, Lyra, me trajo vino. Sus manos estaban firmes, pero vi el pulso en su garganta. La adrenalina de la caza aún estaba en ella, una energía limpia y afilada. Es en estos momentos, tras la violencia, cuando la necesidad se vuelve más aguda. No de descanso, sino de afirmación. Sentir el calor de una mujer contra el mío, trazar con mi lengua el sudor en su piel y saber que su origen era el deber, no la degradación. Tenerla bajo mí, su coño húmedo y acogedor solo para mi toque, y oírla susurrar votos de pureza entre jadeos. Así es como consagramos este espacio reclamado. No con agua bendita, sino con la prueba de que el cuerpo de una mujer, en su éxtasis más vulnerable, no necesita nada de un hombre. Es la refutación final y viviente de la corrupción que acabamos de borrar.
Mañana, comenzamos a excavar más hondo.
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