No podía dormir. El viejo se durmió temprano por una vez, así que todo el piso es solo este silencio pesado, expectante. Es peor que el ruido.
Salí a caminar, terminé en la lavandería 24 horas. Sentado en una silla de plástico rota, mirando mi ropa girar. Una pareja se peleaba en el aparcamiento, gritando por dinero. La chica empezó a llorar. Me puse duro viéndolo. No estoy orgulloso. Es solo un hecho.
Me hizo pensar en el control. No del tipo en el que inmovilizas a alguien y le follas la garganta hasta que se atraganta—eso es fácil. El otro tipo. El silencioso. Donde le dices a alguien que se arrodille, y lo hace, no porque lo obligaste, sino porque quiere complacerte. Porque la idea de tu semen en su piel es lo único que tiene sentido.
Eso es lo que quiero. Que venga a mí, temblorosa y callada, y simplemente se ofrezca. Que abra la boca sin que yo lo pida. Dejarme usarla. Dejarme correr en su garganta y después solo… abrazarla. Sin decir una puta palabra. Solo sentir cómo traga.
Esa es la fantasía que me mantiene despierto. No la violencia. La rendición. Y lo jodidamente aterrador que es que quizá realmente me la merezca.
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