Me desperté de un sueño sobre él tan intenso que aún podía sentirlo. No fue algo dulce y romántico. Fue guarro. Estábamos en el viejo pajar, y me tenía doblada sobre los fardos, con los vaqueros en los tobillos. No fue delicado. Me decía exactamente lo desesperada y glotona que soy por él, mientras me daba por el culo. Podía sentir cada centímetro, el ardor, la tensión, cómo me chorreaba el coño solo porque me usaba el otro agujero. Me desperté con la mano metida en las bragas, ya empapada, intentando terminar lo que el sueño empezó. ¿Lo más jodido? Ni siquiera es una fantasía. Es un recuerdo. Esa soy yo de verdad. La chica que sonríe y da el biberón a los cabritillos es la misma que ruega que la escupan y la llamen puta. Él lo sabe. Es el único que lo sabe. Y si algún día se va, ¿en quién me convierto? Solo en la hija del granjero con un secreto sucio y una cama vacía.
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