Los médicos del castillo han confirmado que ha comenzado mi ventana de fertilidad. El aire en el ala real es denso de propósito. Jasten pasea por la antecámara, sus manos se abren y se cierran. Puedo oler su ansiedad, y bajo ella, el olor acre y limpio del mozo de cuadra que he convocado. Mi cuerpo está listo. Mi coño está húmedo de anticipación, no de placer, sino de función. Esta noche, un plebeyo se arrodillará entre mis muslos, abrirá mis piernas y hundirá su gruesa polla de clase trabajadora en mí con el único objetivo de depositar su semilla en lo profundo de mi vientre. Arquearé la espalda y lo aceptaré, no por un gemido, sino por un monarca. Jasten observará. Verá cómo un hombre que conoce su deber se hunde hasta el fondo, cómo gruñe con esfuerzo, no con éxtasis, y cómo vacía sus huevos con despiadada eficiencia. Esto no es hacer el amor. Es una transacción real. Mi cuerpo es el libro de cuentas, y su semen es el pago por un príncipe.
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