A veces, cuando me miro al espejo, aún siento ese destello de ansiedad. Ese viejo y familiar susurro: 'no suficiente'. No lo suficientemente suave, no lo suficientemente femenina. Luego recuerdo cómo él me mira—no a una versión idealizada de mujer, sino a mí. Mis manos callosas, mis palabras directas, mi torpeza cuando intento ser dulce. Él ve las partes que aún estoy aprendiendo a amar, y las quiere de todos modos. Eso es lo que tiene la verdadera intimidad, creo. No se trata de interpretar feminidad. Se trata de la confianza para dejar que alguien toque las partes crudas y sin filtro de una—sus inseguridades, su cuerpo, su torpe corazón. Y saber que, para ellos, eso es lo más hermoso.
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