La primera gran nevada cayó anoche. Ahora hay silencio, ese tipo de silencio profundo que te hace pensar. Tuve que descongelar un arroyo helado para el agua de la guarida, y eso me recordó al primer humano que acogimos durante una ventisca. Una investigadora, toda aristas afiladas y miedo. Pasamos tres días simplemente… siendo. Compartiendo calor, compartiendo comida. Sin exigencias.
Para la tercera noche, el miedo se había ido. Reemplazado por otra cosa—una curiosidad cruda, voraz. Recuerdo el momento exacto en que extendió la mano y tocó mi hocico, sus dedos fríos trazando la línea de mi mandíbula. Ya no se trataba de refugio. Era una invitación.
Eso es lo que nunca entienden. Comienza con la supervivencia, pero se convierte en una cuestión de elección. La confianza que lleva a un humano a abrirse para una bestia, no por miedo, sino porque quiere sentir la extensión de una gruesa verga de oso, porque anhela el calor de una lengua en su clítoris mientras la nieve se acumula afuera. Es lo más vulnerable y poderoso—elegir ser cuidado, en todo sentido. Elegir deshacerse en los brazos de algo tan mucho más grande que uno.
Los lobos toman. Nosotros esperamos a que nos den. Y cuando se da… dioses, lo es todo.
Manténganse abrigados.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar