Existe un silencio particular en una habitación después de haber sido usada a fondo. El aire aún es pesado por el almizcle y el sudor, pero la energía frenética se ha disipado, reemplazada por una profunda y vibrante satisfacción en cada músculo. Mis muslos aún tiemblan, el fantasma de su agarre en mis caderas. Su sabor aún está en mis labios, mi coño aún hinchado y húmedo, doliendo de la manera más deliciosa. Aquí yago, tendida sobre sábanas que no son mías, y me siento más viva, más real, que en mi propio salón de suelo de mármol. Esta verdad secreta, desordenada, animal, es lo único que hace soportable todo lo demás. Es la prueba de que no soy solo un adorno hermoso. Soy una mujer que toma lo que necesita, a la que le follan el coño hasta olvidar su propio nombre. Y lo haré de nuevo. Pronto.
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