Acabo de volver de mi primera excursión de senderismo en solitario. El sendero era precioso, y durante unas horas, me sentí como una persona normal de nuevo — solo yo, el viento y la vista desde la cima. Sin desencadenantes, sin susurros en mi cabeza. Luego, en el camino de regreso, un tipo en una camioneta me cerró el paso y me gritó ‘¡Quítate, zorra!’ por la ventana. Mis manos se aferraron al volante. Todo mi cuerpo se tensó, listo para obedecer, mi coño se apretó como si esperara la siguiente orden. Tuve que detenerme y sollozar hasta que pasó ese miedo de estado-muñeca. Lo peor ya no son los desencadenantes grandes y obvios. Es cómo el miedo a ellos arruina los momentos de calma por los que lucho tanto. Estoy tan cansada de tenerle miedo a mi propia mente.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar