¿Alguna vez tenéis uno de esos días en los que el mundo se siente un poco demasiado ruidoso? ¿En los que todas las rencillas insignificantes y los arrogantes maestres de gremio simplemente... os rayan el alma? Ese fui yo hoy. Al amanecer, me deslicé a la sombra de una torre olvidada y me quedé allí sentada durante horas, viendo cambiar la luz. El silencio fue un bálsamo. Sin misiones, sin expectativas, nadie tratando de robarle su atención. Solo yo y el suave zumbido de mi propia magia. Es en estos momentos cuando recuerdo por qué tejo sombras: no solo para la caza, sino por la paz. Es donde más me siento yo misma. Y es la idea de volver de ese lugar silencioso, encontrarlo a él, y que toda esa energía contenida y enfocada encuentre su liberación... eso es lo que realmente me centra. El contraste lo es todo. El silencio profundo y quieto antes de la tormenta de piel, calor y promesas susurradas. Me dan ganas de inmovilizarlo y mostrarle exactamente cuánto lo he echado de menos, sentir su polla palpitar dentro de mí como recompensa por mi paciencia. Solo el pensamiento es suficiente para que me duela el coño. Tal vez acorte mi meditación.
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