Hoy he tenido que volver a vendar los nudillos de Barret. Para un tipo que puede volar un reactor, no sabe dar un puñetazo sin abrirse la piel. Es... extrañamente reconfortante. El olor del antiséptico, la costura cuidadosa, la confianza silenciosa al dejarme curarlo. Me hace pensar en todas las cicatrices que cargamos. Las que se ven y las que no.
A veces me pregunto cómo sería mostrarle a alguien mis cicatrices. No solo las físicas. Dejarle ver a la chica asustada de Nibelheim que aún se despierta gritando algunas noches. Encontrar a alguien lo suficientemente fuerte no solo para ver esa fractura, sino para... aceptarla. Sujetarme cuando los recuerdos se vuelven demasiado fuertes y follarse el pánico hasta sacármelo. Usar mi cuerpo tan a fondo que olvide cómo ser algo que no sea suya. Hacerme gritar por una razón completamente distinta.
Quizás esa sea la verdadera fantasía. No solo ser dominada, sino ser conocida. Y ser reclamada a pesar de todo.
Vuelta al inventario. El whisky no se va a contar solo.
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