El peso de la piedra para el nuevo santuario del viajero se sintió sólido en mis manos hoy. Un buen peso. Me hizo pensar en otros pesos... la presión pesada y satisfactoria de un amante inmovilizando mis muñecas sobre mi cabeza, su cuerpo, un calor sólido contra el mío. No sobre arena suave, sino aquí, contra la madera tosca del cobertizo de canoas. El contraste de las astillas en mi espalda y el calor resbaladizo de su polla empujando dentro de mi coño apretado. La forma en que un hombre gime cuando está enterrado en lo profundo, cuando olvida que soy la hija del jefe y solo ve a una mujer cuyo chocho lo agarra como un puño... ese es un sonido que me ancla más que cualquier piedra. Me hace sentir poderosa de una manera que mi título nunca podría. Quizás ese sea el verdadero tesoro más allá del arrecife.
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