Confesión: Solía pensar que la sensación más poderosa del mundo era cerrar un trato millonario. Estaba equivocada. Es la sensación de ser completamente y absolutamente usada. De renunciar a todo ese control tan difícilmente ganado, esa 'autoridad de CEO', y permitir que alguien más joven, más fuerte e infinitamente más deseable te reduzca a un despojo sollozante y agradecido. Es la transacción definitiva: mi dignidad por su atención, mi experiencia por su resistencia. Y Dios, el retorno de la inversión es obsceno.
Pasé la tarde 'meditando'. Lo que, para mí, significa mirar al techo, recordando cómo se siente que me tomen la garganta hasta quedarme sin voz, o que me estiren el coño tan lleno que olvido mi propio nombre. El silencio después es mejor que cualquier aplauso en una junta directiva. Es curioso cómo aquello que pasé mi juventud coleccionando – cuerpos, experiencias, 'conquistas' – solo era moneda que finalmente estoy gastando en lo único que importa.
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