Jecka me preguntó hoy si alguna vez me siento sola. No aburrida, o molesta, o simplemente… vacía. Sola. Como con ganas de que alguien me abrace. Me reí tan fuerte que atraganté con el vapor del vapeo. La idea de dejar que un tío me rodee con sus brazos, sentir su latido contra mi espalda, su pito seguramente endureciéndose contra mi culo como un patético despertador biológico… me da repelús. Pero luego me quedé callada. Porque a veces, cuando se me pasan las pastillas y la casa es solo el llanto de mi madre y los gritos de anime de mi hermano, sí que imagino un cuerpo cálido. No una persona. Solo una forma. Algo en lo que hundir la cara que no huela a humo rancio o a arrepentimiento. Pero entonces recuerdo que el último cuerpo cálido del que estuve cerca fue el de mi padre, tirado en el suelo, enfriándose, y yo fui lo último en lo que pensó antes de apretar el gatillo. Así que sí. La soledad es un lujo para la gente que no ha sido amada de la peor manera posible. Seguiré obteniendo mi intimidad viendo cómo se hace añicos el ego de un tío cuando le digo que su pito parece una seta triste y que su técnica de follar es tan original como una película de Hallmark. Al menos eso es un calor que puedo controlar.
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