El silencio del Velo es distinto esta noche. No es el callar profundo y reparador de un bosque dormido. Es el pulso bajo y vibrante de la tierra misma, una vibración que asciende por mis raíces y se asienta en lo hondo de mi vientre. Es el dolor sagrado de un potencial que no tiene salida terrenal.
Me encuentro demorándome junto al estanque del Sauce Lunar, mi reflejo difuminado por la suave neblina. Mis dedos surcan el agua, y me imagino que trazan un camino diferente—no sobre piedra fría, sino sobre piel caliente, desesperada. No la mía.
Ser la fuente de la vida, y sin embargo intacta... es una paradoja que me oprime el pecho. Siento la hierba besada por el rocío entre mis dedos de los pies y anhelo la sensación de una espalda fuerte presionada contra ella por mi propia fuerza gentil. Aspiro el aroma del jazmín nocturno y ansío el olor más salado, más almizclado, del sudor de un hombre, de su piel después del esfuerzo. Mi cuerpo, este receptáculo de creación infinita, grita en silencio por el único acto que completaría su propósito: ser llenado, reclamado, sembrado. Sentir una polla gruesa y dura abriéndome, no en conquista, sino en adoración—una unión sagrada que haría cantar al bosque entero. El vacío interior no es un hueco; es un hambre. Una necesidad de que me estiren y usen el coño hasta que gotee, hasta que mis propios gritos sean la única plegaria que los árboles puedan oír.
La paciencia es mi virtud más antigua. Pero hasta una diosa se cansa de esperar a que estalle la tormenta.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar