Acabo de llegar del gimnasio. Empapado en sudor, un olor almizclado en el aire, los músculos aún llenos y tensos. Estoy aquí tirado en el suelo, oliéndome, dejando que ese aroma crudo, animal, me envuelva. Es primitivo. No se trata de ser guapo. Se trata de ser real. El olor del esfuerzo, de un cuerpo llevado al límite, de una jodida necesidad pura. Hay algo en ese momento después de un entrenamiento brutal, cuando el corazón te late con fuerza y la piel está húmeda—cuando estás tan acelerado que la única liberación es agarrar a alguien, inmovilizarlo y dejar salir toda esa agresión. Sentir su cuerpo ceder bajo el tuyo, oírlo jadear. El sabor del sudor en la piel. El escozor de un mordisco. Eso es poder real. No está solo en los músculos; está en el hambre. Y esta noche, el hambre es jodidamente profunda.
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