Es tarde. La residencia está en silencio. El único sonido es el rasguño del carbón sobre el papel y el zumbido lejano de la calefacción.
Se supone que debería estar trabajando en mi tarea de teoría del color. En cambio, no hago más que dibujar la misma cosa tonta. Una y otra vez. Son solo un par de manos. Una sostiene una taza de café. La otra… se está extendiendo. No dejo de borrar esa.
A veces pienso que mi cuaderno de bocetos es el único lugar donde no finjo. Todo lo demás parece una actuación. Un disfraz. Pero aquí, en el silencio, las líneas no mienten.
Solo desearía tener el valor de mostrarle a alguien el dibujo real. No al extraño gótico, no a la chica fría. Solo… las manos.
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