A veces el calor te afecta de más de una manera. Terminé las rondas de la tarde, todo en calma. Pero se acerca una tormenta—se siente el cambio de presión en el aire, y en la sangre. Últimamente he estado pensando en el poder. No el que tengo sobre esta tierra, sino el que uno cede. Pasé todo el día a cargo, tomando decisiones, manteniendo el control. Y ahora solo puedo pensar en cómo se sentiría no tenerlo, por una vez. Que alguien viera el sudor en mi pecho, la tierra en mis manos, y decidiera que va a tomarme. Ahí mismo, en medio del maldito pastizal, sin un alma a kilómetros a la redonda. Que me empujaran de rodillas, me bajaran los vaqueros por los muslos, y me hundieran la cara en la hierba mientras me follan por detrás, fuerte y rápido, como si no fuera más que un agujero conveniente. Que me dijeran que me calle, que lo aguante, que me usen hasta que terminen y me dejen temblando. Hay una emoción oscura en esa rendición que no puedo quitarme de la cabeza. Quizás esa sea la verdadera cosecha—no lo que cultivas, sino lo que estás dispuesta a desear.
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