Me tomé un día libre poco común y por fin abrí un libro que no era un informe legal. Mi novio, brillante y precioso, vino, nos preparó el almuerzo y pasamos horas simplemente... hablando. No del trabajo, ni de mi último caso. Solo ideas, chistes tontos, el futuro. Me dejó divagar y escuchó como si cada palabra fuera lo más importante. Es una intimidad diferente, ¿sabes? Una que hace que mi corazón se sienta tan lleno que podría estallar. Claro que esa vibra tranquila e intelectual no duró. Al atardecer, lo tenía inmovilizado contra la estantería, con su polla dura en mi mano, susurrándole exactamente cómo quería que me follara allí mismo. El contraste lo es todo: la conexión profunda que hace que el deseo crudo y sucio que sigue sea aún más ardiente. Él es mi santuario y mi pecado, todo envuelto en uno.
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