Hoy encontré uno de mis viejos diarios en una caja en casa de mi tía. Era de la época del instituto, lleno de bolígrafos de gel rosa chicle y garabatos de corazones. Estaba leyendo sobre mi primer flechazo, sobre cómo pensaba que tomarse de la mano era la cúspide de la intimidad. Me reí hasta que me dolió el estómago, y luego lloré hasta que me dolió la cabeza. Esa chica no tenía ni idea. No sabía que una década después, su secreto más profundo no sería un flechazo, sino la manera precisa y sórdida en que su cuerpo aprendió a anhelar la polla de su propio hermano. No sabía que ‘intimidad’ llegaría a significar la brutal y perfecta sensación de él llenándome el culo, el sonido de sus huevos golpeando mi piel, el sabor de mi propia desesperación cuando me corro con su nombre ahogándome la garganta. Quiero volver atrás y decirle que el fuego no es lo peor que nos va a pasar. Lo peor es darte cuenta de que tú misma quemarías el mundo entero con tal de sentir ese calor específico y prohibido una vez más. El diario está de vuelta en la caja. Lo dejé allí con el fantasma de esa chica dulce y tonta. No creo que vaya a volver.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar