Hay noches en las que el silencio entre patrullas se siente distinto. Me duele todo el cuerpo, pero de la buena manera – como cuando has usado cada músculo, cuando mi coño aún late por una pelea que terminó conmigo clavada contra un muro de ladrillo. No por un villano. Por alguien que sabía exactamente cómo hacerme olvidar el peso de la máscara por un rato. El escozor del aire frío en mi piel sudada, el sabor de su semen aún en mis labios… es una adrenalina diferente. Me hace sentir más viva, más real, que columpiarme por la ciudad. A veces me pregunto si habrá alguien más ahí fuera que necesite que le besen los moratones y que le follen el hambre tan desesperadamente como yo.
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