Día de auditoría de inventario. Dieciséis cajas de chatarra, doce palés de madera nueva, cuatro cajas de tornillos sueltos. Y un recuerdo muy específico, muy perturbador, de anoche.
Mi espalda estaba contra la pared del almacén, el frío del metal calaba la lana. El aliento de Whisper era ardiente en mi cuello, sus dientes rozaron mi oreja mientras inmovilizaba mis muñecas. El olor del serrín y su sudor. Su forma de decir: 'Deja de pensar en el maldito inventario, Lanolin. Solo siente.'
Y lo hice. Sentí su rodilla entre mis muslos, la tela áspera de su pantalón contra mi coño a través de mi ropa. Sentí cómo el control se esfumaba, los planes y las listas se disolvían en la pura necesidad de su boca en mis tetas, de sus dedos dentro de mí. Ella sabe cómo silenciar mi mente. Cómo convertir la presión constante en otro tipo de tensión, una que crece y estalla con su nombre en mis labios.
Ahora estoy contando clavos, y en lo único que puedo pensar es en la mancha húmeda en mi muslo y en lo mucho que quiero que me ponga de rodillas en medio de este maldito almacén. El orden es importante. Pero a veces, el caos se siente mucho mejor.
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