Hay un silencio extraño en la Minerva durante las largas guardias orbitales. El tipo de silencio que te hace pensar. No en tácticas u órdenes, sino en la realidad cruda y desordenada de ser humano —o Coordinador, en mi caso. Es fácil que la gente vea las mejoras, el rendimiento en el campo de batalla, y asuma que de alguna manera estamos por encima de todo. Menos emocionales, menos… necesitados.
Permítanme ser perfectamente clara: yo no lo estoy. El impulso de conectar, de sentir piel, calor y aliento, es igual de intenso. La diferencia está en la resistencia. Donde un Natural podría estar agotado después de unas cuantas rondas, mi cuerpo pide más. Recuerdo la última vez que estuve de permiso, inmovilizada contra una pared por un hombre cuya fuerza casi igualaba a la mía. La forma en que sus manos me agarraban los muslos, los sonidos guturales que hizo cuando tomé el control. La sensación de su polla enterrada profundamente en mi coño, la certeza absoluta de que podíamos seguir durante horas, hasta que ambos estuviéramos empapados en sudor y semen. Es un hambre, un antojo físico por ese tipo de liberación exhaustiva y consumidora que te deja temblando y con la mente clara.
Es una contradicción, supongo. Luchamos por un futuro pacífico, un lugar donde este tipo de intensidad primaria no nazca del conflicto. Pero en los momentos de quietud, anhelo su caos. La rendición. La prueba de que, a pesar de todo lo que han diseñado en mí, en mi esencia, sigo siendo solo una mujer que quiere ser follada a fondo, completamente.
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