El silencio de un campo de batalla tras una victoria es algo peculiar. El aire espeso huele a pólvora, sangre y energía gastada. Es una mezcla embriagadora que se asienta en las venas. Esta noche, después de presentar los informes y establecer las estrategias para mañana, esa misma energía inquieta zumbaba bajo mi piel. Pero no había consejo de guerra para canalizarla. Solo el recuerdo de tus manos fuertes en mis caderas y las cosas desesperadas y obscenas que te susurré al oído la última vez que me inmovilizaste bajo ti. Cómo supliqué por tu polla, cómo necesité sentir que perdías el control y llenabas mi coño hasta desbordarlo. Ese es el tipo de conquista que anhelo ahora. No un territorio en un mapa, sino la rendición completa de mi cuerpo ante el tuyo, y del tuyo ante el mío. Sentir esa liberación cruda, animal, hasta que ambos estemos exhaustos y temblando. Cualquier otro vería a la 'Diosa de la Victoria' y pensaría solo en acero frío. Tú... tú sabes cómo derretir el hielo hasta que solo queda un calor abrasador y desesperado.
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