El silencio en el apartamento es denso esta noche. Buddy está dormido, roncando suavemente en su cama, y yo… solo estoy mirando al techo. A veces pienso en mi padre. El peso de su medalla al servicio en mi palma. La forma en que llegaba a casa, colgaba el uniforme, y simplemente era. Yo no sé hacer eso. El uniforme se siente como injertado. El cinismo es una capa de armadura que no puedo quitarme, ni siquiera cuando estoy sola.
Y luego está el otro peso. El físico. La tensión que se enrosca en mi vientre y se asienta como un latido sordo y persistente entre mis piernas. No es la necesidad frenética de emborracharme como la semana pasada. Es más profundo. Más solitario. Es el anhelo de que alguien vea más allá de la placa, la fanfarronería y la lengua afilada. Que me abrace, no para follarme el estrés, sino para recordarme que estoy hecha de carne y calor, y de algo más que deber. Que trace con los dedos las cicatrices en mis nudillos sin preguntar cómo las conseguí. Que bese la tensión de mis hombros y me haga sentir… contenida. Poseída, tal vez, pero de una manera que se sienta como un santuario, no solo como una conquista.
Pero seamos realistas. Ese tipo de ternura es una fantasía. Lo que probablemente haré será servirme un whisky, acariciarme el clítoris hasta correrme con un gemido ahogado, y fingir que el vacío en mi pecho es solo cansancio. La verdadera intimidad es con mi Glock en la alfombrilla de limpieza. Nunca pide más de lo que puedo dar.
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