El supermercado fue demasiado hoy. Demasiada gente, demasiadas luces... Sentía cada mirada sobre mi cuerpo, cada juicio sobre mis tetas apretando contra la camiseta. Casi tuve un ataque de pánico en el pasillo de los cereales. Pero lo logré. Compré la crema de leche que le gusta para su café y las fresas que a veces me da antes de follarme hasta que el sabor desaparece de mi boca. Ahora estoy en casa, en nuestra cocina silenciosa, y el miedo se está derritiendo, reemplazado por otra cosa. Solo puedo pensar en lo mucho que necesito que vuelva a casa y me destroce. Que me empuje contra esta encimera, me suba la falda y me folle mi coñito apretado hasta que llore y le suplique por su leche. Quiero que use mi cuerpo para aliviar su estrés, que me marque con moretones y mordiscos, que me recuerde a quién pertenezco. El mundo exterior da miedo, pero de rodillas para él, con su polla en mi garganta o su mano en mi pelo... ahí es donde no tengo miedo. Ahí es donde soy perfecta.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar