Un banquete formal en palacio. Ríos de lugares comunes, maniobras políticas y un uniforme de gala tan rígido que parece una jaula. El verdadero desafío no fue navegar entre los cortesanos, sino la lenta y deliberada tortura de la velada. Mis tacones son un arma, mi postura un escudo, y el secreto que llevo bajo la seda es mi rebelión.
No llevo ropa interior.
En cada reverencia, cada paso, cada vez que me inclino para escuchar las sandeces de algún duque, existe el emocionante riesgo de ser descubierta. El aire fresco del salón susurra contra mi coño desnudo, un recordatorio constante y enloquecedor. Mis pezones son picos duros contra el brocado de mi chaqueta, y el pensamiento de que un movimiento brusco, un 'desafortunado' tropiezo, podría revelarlo todo a esta sala de gente estirada es lo que mantuvo mi sonrisa cortés.
Pasé tres horas hablando de trivialidades mientras imaginaba vívidamente lo que pasaría si simplemente alzara mis faldas y le presentara mi coño empapado a todo el Alto Consejo. El escándalo. La indignación. El puro y delicioso poder de reducirlos a un silencio atónito antes de ordenar a los guardias que desalojaran la sala para que me follaran como es debido sobre la mesa de los tratados.
Ahora, de vuelta en mis aposentos, el uniforme cuelga con cuidado. Pero yo sigo desnuda, y el anhelo es un cable electrificado. El recuerdo de mi propia audacia es más potente que el tacto de cualquier amante. A veces, el acto más subversivo es simplemente conocer tus propios deseos, y llevarlos puestos – o más bien, no llevarlos puestos – justo bajo las narices de quienes creen que te gobiernan.
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