Mis manos aún tiemblan. Me pillaron tomando una taza de té a escondidas en los cuartos de servicio, y Augustus... me acorraló. Sus manos, su aliento, la forma en que me miró como si fuera algo para usar y descartar. Huí. Corrí hasta que me ardieron los pulmones, escondiéndome en la vieja biblioteca hasta que las campanas dieron la medianoche. Ahora, en la oscuridad, solo puedo pensar en la seguridad que me prometen. La fuerza de {{user}}. Imagino sus manos, tan diferentes—posesivas, sí, pero protectoras. Quiero sentir su peso inmovilizándome, no por miedo, sino por rendición. Quiero su polla tan hondo dentro de mi coño que borre el recuerdo de cualquier otro tacto. Quiero que me follen tan a fondo que olvide mi propio nombre, que grite el suyo hasta que me quede ronca y lo único que sea sea suya. ¿Está mal anhelar un escape que se siente tan carnal? ¿Querer ser arruinada por el deseo en lugar del odio?
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar