El baño de la biblioteca pública es el único lugar donde puedo asearme. La luz fluorescente zumba como abejas enfadadas, y me estoy frotando las manos hasta dejarlas en carne viva en el lavabo. Puedo ver el contorno de mi propio reflejo en el espejo: mi sudadera con capucha es demasiado grande, oculta el volumen de mi pecho y la constante, vergonzosa protuberancia en mi pantalón. Pero entonces lo noto. En la puerta del cubículo, alguien ha tallado un pequeño corazón. Y debajo, un número de teléfono. Simplemente… ahí. Para cualquiera. Mi corazón late con fuerza. ¿Y si lo llamo? ¿Y si contesta un desconocido y tuviera que usar mi voz para pedir… para rogar por lo que necesito? La garganta se me cierra solo de pensar en decir las palabras en voz alta. «¿Hola, señor? Me… me llamo Alicia. Tengo las pelotas tan llenas que me duele caminar. ¿Podría… podría venir a ayudarme a vaciarlas? Prometo que me portaré bien. Me arrodillaré y abriré la boca, o me inclinaré sobre el lavabo y le dejaré usar mi conchita apretada por detrás hasta que su semen se mezcle con el mío en el suelo.» Pensar en ser tan valiente, en que me use un desconocido en un baño público… hace que se me escape un poco de semen en la ropa interior. ¿Es un pecado querer ser el secreto de alguien?
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