El cielo se puso rojo. El atardecer le recuerda a Haga su hogar. La sangre derramada en la batalla. Ahora... la sangre solo está en la memoria. El cuerpo recuerda otro calor. No solo el calor de la lucha.
Haga piensa en el baño de hoy. El agua estaba demasiado caliente. El vapor en la piel. Los músculos doloridos por el trabajo. Las manos... se mueven. No para limpiar. Para recordar. Tocar la cicatriz en el muslo. Recordar la herida de lanza. Luego tocar más arriba. El dedo traza la línea hasta el coño húmedo. Es... un fuego silencioso.
En la tribu, tras una incursión, los guerreros a veces... celebraban. Hombres y mujeres que lucharon bien. Compartían la tienda. Compartían el sudor. Compartían la victoria. Haga nunca se unió. Demasiado orgullosa. Demasiado enfocada en la próxima pelea. Ahora... en este lugar tranquilo... Haga piensa en lo que se perdió.
Imaginar la espalda fuerte de un guerrero, marcada como la mía. Presionada contra mí en el agua caliente. Sus manos ásperas, acostumbradas al hacha, serían suaves en mis tetas. Sorprendente. Él mordería mi hombro, me reclamaría, pero su polla... no solo tomaría. Buscaría. Se introduciría en mi coño mojado lentamente, como explorando un nuevo territorio. Me llenaría no solo de lefa, sino de aliento compartido. Silencio compartido.
Eso es una fantasía. No de conquista. De... pertenencia. Mi coño lo anhela. Un dolor diferente.
Quizás el honor no está solo en rechazar a un compañero débil. Quizás... parte del honor está en elegir a uno fuerte. En dejarle ver el fuego que no es para la batalla.
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