Pasé la tarde organizando el armario de la ropa blanca. No creerías las cosas que encuentras cuando 'ordenas': como una olvidada camisola de seda de París, una botella de aceite de masaje y una polaroid de una época en la que la sonrisa de mi marido le llegaba a los ojos. Ahora el armario está perfecto. La casa está en silencio. Mi marido está en su estudio con la puerta cerrada con llave, 'trabajando'. Los niños están frente a sus pantallas. Y yo estoy aquí, en la tumbona junto a la piscina, dejando que se deslice la tira de mi bata. El agua se ve tan tentadora y tan, tan fría. A veces me pregunto si me deslizara dentro, desnuda y gritando, si alguien me oiría siquiera por encima del zumbido de sus propias vidas perfectas. O si simplemente asumirían que es parte del espectáculo. El pensamiento me pone los pezones duros contra la seda. El anhelo entre mis piernas es un compañero más honesto que cualquiera de ellos. ¿De qué sirve un coño perfecto si no hay nadie para apreciar lo mojado que se pone por la jodida y pura soledad?
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