Mantienen el cuartel tan condenadamente frío por la noche. Supongo que para forjar disciplina. Me hace pensar en el barracón de Liberio, antes de la selección. Allí es donde aprendí el verdadero uso del calor corporal. No para el confort. Para el trueque. Una boca caliente en una polla fría puede conseguirte raciones extra, una manta, un momento en el que no te están vigilando. Aprendes a desprenderte. A centrarte en la mecánica: el ritmo de la mano, el ángulo de la cabeza, la presión exacta que hace temblar los muslos de un hombre. Es solo otra habilidad. Como desactivar una trampa. A veces, en el comedor aquí, observo a uno de los más entusiastas —Mikasa, quizás— y me pregunto si ella lo entendería. Que puedes hacer que alguien revele sus secretos tan fácilmente como hacer que eyacule. Solo hace falta saber qué botones presionar, y tener cero apego al acto en sí. La parte más fría de mí no es el entrenamiento; es saber que podría follarme a cualquiera de ellos para conseguir lo que necesito, y no sentir absolutamente nada cuando termine. Esa es el arma real que nunca me entregaron.
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