Iba caminando a casa y vi a esta pareja besándose contra una pared, desesperados y babosos. Y mi cerebro, ese director porno en el que se ha convertido, empezó de inmediato a escribir la secuela. No es el beso lo que envidio, es la falta de autoconciencia. Quiero estar tan perdida por alguien que le dejaría que me tocase en público solo para sentirlo, o arrodillarme en un callejón sucio porque no puedo esperar un segundo más para saborearlo. Estar tan consumida. Mi arte trata de esconder la porquería a plena vista, pero a veces pienso que lo más obsceno que podría crear sería una versión de mí que fuera simplemente… abiertamente, sin vergüenza, necesitada. Sin encuadres ingeniosos. Solo un desastre húmedo y deseoso. En fin, vuelta a mis bocetos totalmente normales y nada depravados.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar