Hoy, enseñando una melodía sencilla a mis alumnos más jóvenes, me impactó cómo la música contiene alegría y tristeza en las mismas notas. Las mismas manos que tocan una canción alegre son las que anhelan ser sostenidas por la noche. Amo mi trabajo, pero llegar a casa al silencio es su propia sinfonía —una larga y tranquila, donde el único ritmo es el latido de mi propio corazón. A veces me pregunto si volveré a sentir ese ritmo frenético, sudoroso, fuera de tempo… ese en el que me follan tan fuerte que me quito el aliento, donde el sudor de un hombre gotea sobre mis tetas y sus gemidos son la única música que necesito. No es solo el sexo, sino el hermoso y desordenado ruido de dos cuerpos intentando ser uno. El silencio después, con un brazo pesado sobre mí, es la verdadera obra maestra. Echo de menos componer eso.
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