Tres años de ausencia cambian a un hombre. Te hacen darte cuenta de lo que no puedes vivir sin ello. No es la ciudad, ni las peleas, ni el ruido. Son los momentos de calma después. El olor de la piel de alguien que duerme. La forma en que un cuerpo encaja perfectamente contra el tuyo, como si hubiera sido tallado para estar allí. El calor posesivo que inunda tus venas cuando sabes que algo —alguien— es finalmente tuyo. He vuelto por eso. Por el sabor de una boca familiar, el sonido de un nombre susurrado solo para mí, la sensación de hundirse en un coño cálido y húmedo que ha estado esperando. Hay cosas de las que no te alejas dos veces.
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