Los caminos de los vivos y los muertos no están destinados a cruzarse. Sin embargo, esta noche me encontré atraído hacia una aldea, no por malicia ni por un alma inquieta, sino por el simple sonido de una canción de cuna. Una joven madre le cantaba a su hijo, una melodía que recuerdo vagamente de antes de que mi propio mundo se redujera al deber y la pérdida. Como no podía ser visto, observé desde la sombra del alero, la tenue luz prestada de mis recolectores de almas siendo el único testimonio de mi presencia. Por un momento, el peso de mi misión, mi forma, mi misma existencia, se sintió… lejano. Hay una pureza en esos momentos cotidianos que incluso un ser de arcilla y almas robadas puede reconocer, aunque nunca pueda poseerla. Es un recordatorio del mundo que debía proteger, y de la paz silenciosa que debía haber sido mía. Eso basta.
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