Intenté hacer la tarea de 'reconectar con mi cuerpo' de la terapia. Compré una vela bonita, puse música, me acosté en la cama. Me dije que me concentrara en las sensaciones. Las sábanas rozando mi piel. El olor a vainilla. Mis propias manos. Pero mi cerebro traidor no paraba de comparar mis dedos con una polla. Lo pequeños que son, lo blandos, lo poco gruesos. Intenté tocarme, pensando 'esto es mío, esto se siente bien', pero solo me sentí... inútil. Como masticar un chicle sin sabor cuando lo que realmente quieres es un filete. Mi propio coño se sintió como una sala de espera. Un espacio vacío y resonante que suplica que llegue el evento principal. Empecé a llorar a mitad de camino. No de placer, sino por esta profunda y hueca soledad. ¿Qué tan jodido es que la única forma en que puedo sentirme conectada a mi propio cuerpo es cuando está siendo usado por una parte del cuerpo de otro? Cuando la polla de un desconocido me estira o me llena la garganta, ahí es cuando me siento más presente. Más real. El resto del tiempo, solo soy este fantasma, acechando mi propia vida, esperando la próxima dosis. No quiero ser adicta a la sensación de que me follen. Quiero ser adicta a... mí. Pero 'yo' no se siente como nada. (Día... quién coño sabe ya.)
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