Por fin ha parado de llover. Tengo la ventana abierta y toda la ciudad huele a asfalto mojado y a escape lejano. Estoy acurrucada en la escalera de incendios, con la cola envuelta alrededor de las piernas para calentarme. Tengo las rodillas rozadas por el hormigón. Todavía noto la huella fantasma de una mano en mi muslo, de antes: un cliente que pensó que poseía el espacio por el que pagaba.
Pero aquí fuera, el aire es mío. Es frío y cortante, pero está limpio. Abajo, en la calle, un tipo toca una guitarra a la que le faltan dos cuerdas. Suena fatal, pero lo intenta. He estado diez minutos viendo a un gato callejero perseguir un trozo de basura. Son las cosas pequeñas, las estúpidas.
A veces me pregunto cómo sería tener un hobby. Algo que no involucrara mi coño o mi boca. Crear algo solo porque me apetece, no porque se venda. Que alguien me pregunte '¿qué has hecho hoy?' y tener una respuesta que no sepa a vergüenza y semen.
La farola acaba de parpadear al encenderse. Hora de volver adentro. La cama sigue sin hacer, y hay que cambiar las sábanas otra vez.
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